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Relato corto: El Reencuentro Parte 2

Publicado en Relatos cortos (de la comunidad) por  , el Domingo 08/6/2014 - 11:30

*nota: dado que no ha quedado tan corto se ha dividido en varias partes para hacerlo más ameno**este relato no es canónico, sino de la comunidad*

primera parte del relato aquí

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Durante su incursión a través de la frondosa espesura, Illidan cumplió su promesa y habló a Raynor del rey Exánime y su Plaga de no muertos. Después, quiso saber de donde procedía el humano. Para su sorpresa, descubrió que no había nacido en Azeroth, sino en un conjunto de estrellas y planetas denominado sector Koprulu, dentro de un grupo de sistemas aún mayor al que se refirió como vía Láctea. Al parecer, en aquel distante lugar los elfos y los orcos no eran más que personajes de fábula, aunque existían otras razas, como los zerg y los protoss, y también los enemigos de todos ellos, los Xel'naga. A estos últimos los describió Raynor como las criaturas más peligrosas del universo. De hecho, la razón de que Nova y él se hubieran decidido a atravesar el misterioso portal era la esperanza de encontrar algún artefacto que pudieran usar como arma para detenerlos y evitar la completa aniquilación de los terran, como se llamaban a sí mismos los hombres de aquel lugar, y sus aliados.

Llevaban ya un buen rato caminando cuando se toparon con la estatua. Se trataba de una gran figura de piedra, que representaba a un dragonante con las alas extendidas. La criatura, que portaba una armadura, un escudo y un hacha de mano, había sido esculpida con gran detalle, con las venas de las manos henchidas por el peso del arma y varios grupos de escamas agrietadas, presumiblemente por los golpes recibidos en batalla. Al verla, ambos se dirigieron hacia ella.

- ¿Qué diantres es eso? – exclamó Raynor, levantando la cabeza para contemplar la estatua. Después se acercó y señaló un cuenco situado a los pies de la figura. – Parece que se trata de alguna deidad local; aquí hay una ofrenda. Alguien ha estado aquí no hace mucho.

- No toques eso, humano; está protegido por una barrera mágica – le advirtió Illidan, para quien el hechizo era claramente visible – Si te acercas demasiado recibirás una descarga arcana, y créeme, no será agradable.

- ¿Por qué iba a querer coger eso? Parece sangre...

- Observa: hay una inscripción en el pedestal. "Para obtener la fuerza del dragón, hay que bañarse en la luz de la luna y el sol". Mira esos agujeros a ambos lados del cuenco: deben ser cerraduras, huecos para insertar las llaves que anulan el hechizo.

- ¿Qué clase de llaves?

- Amuletos, rocas, gemas; cualquier cosa que haya sido encantada para destruir el sortilegio. Podrían tener cualquier aspecto. Debemos impedir que Arthas se apodere de ellas.

Raynor se volvió hacia él.

- ¿Crees que el caballero intentará hacerse con la "fuerza del dragón", sea lo que sea lo que eso signifique?

- El ansia de poder del rey Exánime es tan imparable como su voluntad. Si está aquí, debe ser para destruir el hechizo. Si lo logra, todos los habitantes de esta tierra estarán en peligro. Muchos morirán y se unirán a sus filas. Debemos detenerle.

- ¿Qué propones, Illidan? Si es tan fuerte como dices, no será tarea facil.

En el rostro del cazador de demonios se dibujó una sonrisa siniestra.

- Usaremos la fuerza del dragón contra él. Arthas no sabe que estoy aquí, así que podemos sorprenderle. En el Trono de Hielo estuve a punto de derrotarle. Ahora, con el encantamiento de la estatua, acabaré con él de una vez por todas. Piénsalo, Raynor: esta podría ser el arma que buscabas para enfrentarte a los Xel'naga. Averiguaremos cómo funciona y libraremos esta tierra de la amenaza del rey Exánime en un solo movimiento.

Raynor escrutó al elfo de la noche, como si tratase de decidir si debía confiar en él o no. Finalmente, sus facciones se relajaron.

- Está bien. ¿Cómo activamos la estatua?

- Aquí habla de dos lugares sagrados, unos altares dedicados al sol y la luna, situados al norte y al sur. Los objetos que buscamos estarán allí. Yo atraeré a Arthas y le mantendré ocupado para que no se interponga en tu camino. Una vez que los hayas conseguido, tráelos y romperemos el hechizo. Después, acabaré con él y con su reinado del terror de una vez por todas.

- Parece un buen plan. Intentaré ponerme en contacto con Nova de nuevo. Iremos cada uno a un altar: de ese modo, será mas fácil hacerse con las llaves. Cuando esto termine, espero que consideres la posibilidad de ayudarnos a combatir a los Xel'naga, Illidan. Un guerrero con tus habilidades podría sernos muy útil.

- Así lo haré – mintió el cazador de demonios. – Ahora márchate y parte con tu compañera en busca los altares: no tenemos tiempo que perder.

El terran asintió, dio media vuelta y se marchó, caminando pesadamente con su armadura. Illidan esperó a haberle perdido de vista entre los árboles. Después, él mismo se internó en el bosque.

-

Tras conseguir hablar con Raynor, Nova volvió sobre sus pasos y se dirigió de nuevo hacia el túmulo que había descubierto unas horas antes. Se trataba de un pequeño altar de piedra con una luna grabada en su parte superior y, a juzgar por lo que Jim había dicho, allí se hallaba una de las claves para liberar un arma. En otro momento y en otro lugar la historia quizá le hubiera resultado inverosímil a la fantasma, pero después de haber visto a cinco muertos levantarse, la mención de un elfo purpura resultaba mucho menos cuestionable. Además, era ella quien había decidido confiar en Raynor y atravesar un portal que no sabía a donde llevaba: la hora de las suspicacias había quedado ya muy atrás.

Nova pisaba con cuidado sobre la hojarasca, tratando de no hacer el menor ruido para no delatar su posición a depredadores salvajes o posibles enemigos, una tarea que resultaba particularmente complicada en medio del silencio sepulcral que, por alguna razón, sustituía al habitual bullicio de las selvas y los bosques. A pesar de ello, la fantasma se las apañó para volver a encontrar el altar sin llamar la atención de nada ni nadie. Sin embargo, al llegar al claro se encontró con un problema inesperado: ya había alguien allí.

La mujer, que estaba sentada sobre la roca, no podía ser más diferente a ella. Se trataba de una joven de piel oscura, ataviada tan solo con unas pocas telas de color rojo y verde adornadas con pequeños huesecillos de animales. Tenía los ojos cerrados, y su hermoso rostro destilaba sosiego y paz. En conjunto, la visión de la mujer salvaje resultaba casi hipnótica y nada agresiva A pesar de ello, y a modo de precaución, Nova cogió su rifle de precisión y se mantuvo en cuclillas, a la espera. Con suerte la muchacha solo estaría tomando un descanso y se marcharía. Después, ella podría inspeccionar el altar sin levantar sospechas. Era lo más lógico. Sin embargo, de repente la chica habló, dirigiéndose hacia ella.

- Acechas en las oscuridad como un fantasma, deseando volver a sentir la luz del sol. ¿Cuáles son tus intenciones, dama de las sombras?

Por un segundo, Nova se quedó helada. No era la primera vez que la detectaban en una misión, pero nadie lo había hecho nunca antes sin cámaras ni sensores, y menos aún sin ni siquiera mirarla directamente. Por lo general, su energía psiónica bastaba para mantenerla oculta de otros individuos con poderes mentales. ¿Quién diablos era aquella chica? En cualquier caso ya no tenía sentido ocultarse, de modo que se levantó y, rifle en mano, salió a la luz.

- Discúlpame, no era mi intención asustarte. Solo intentaba ser cuidadosa: vengo de muy lejos, y no conozco bien este lugar.

La joven mujer abrió al fin los párpados, dejando al descubierto unos preciosos ojos color púrpura, y la miró directamente. Su rostro se mantuvo impasible.

- Sé muy bien a qué has venido, Nova del Dominio; mentir no te servirá de nada. Deseas activar el altar, pero me temo que no puedo permitírtelo.

Si había sido capaz de leerle la mente, aquella chica debía ser terriblemente poderosa. La parte positiva era que al menos ella sabía cómo funcionaba el hechizo. La negativa era que no parecía que fuera a mostrarse muy colaboradora. Iba a tener que convencerla... de una forma o de otra.

- Pareces conocer mis intenciones mejor que yo misma. ¿Puedo al menos preguntar por qué?

- Arthas. Él desea la fuerza del dragón. Yo voy a ayudarle a conseguirla.

Nova frunció el ceño.

- ¿Te refieres al caballero? ¿El que controla a los muertos? ¿Por qué ayudarle?

- Arthas no es más que un nigromante: en el mundo del que vengo sería un héroe. Sin embargo Illidan, esa criatura con la que has decidido colaborar, posee una presencia siniestra en su interior. Su espíritu ha sido corrompido por los demonios. Incluso a esta distancia puedo sentirlo, infectando todo el bosque con su mera presencia. La razón por la que se me ha enviado a esta tierra es, sin duda, para matarlo, y liberar así a las gentes de este lugar de su impía influencia.

- No conozco en persona a ese tal Illidan, pero no tengo razones para dudar del buen juicio de mi compañero. Además, yo no he sentido nada extraño desde que llegamos aquí, salvo el frío atenazador de tu amigo el nigromante. Creo que eres una fanática, y no me gustan los fanáticos. A pesar de ello no quiero inmiscuirme en tus asuntos, así que márchate y no te haré daño.

Esto último lo dijo apuntando a la chica con su rifle. Al ver esto ella se levantó y, por un momento, Nova pensó que todo iba a solucionarse de forma pacífica. Sin embargo, en lugar de abandonar el claro, la joven se giró hacia ella y la miró fijamente.

- Parece que ya has elegido un bando, y has sellado tu destino. Los Infiernos Abrasadores han encontrado en ti a una inesperada aliada. Pero dejame advertirte: no soy tan fácil de matar.

Una racha de viento meció el cabello de ambas mujeres, y el cielo pareció cubrirse. En algún lugar, una rana croó, y después un millar le respondieron. A ellas se unió el zumbido de las alas de incontables insectos, creando una cacofonía ensordecedora que hizo a Nova estremecerse. De repente, sintió un tirón en una de sus piernas. Al bajar la vista vio como una mano cadavérica, que había emergido directamente de la tierra bajo ella, se aferraba a su pantorrilla con dedos descarnados. Aterrorizada, trató de apartarla con la otra pierna, pero otros diez brazos muertos surgieron alrededor de ella, amenazando con rodearla. Desesperada, activó su dispositivo de invisibilidad y corrió hacia la cobertura de los árboles. A su espalda, oyó la voz llena de ira de la bruja.

- ¡No puedes esconderte! Mis bestias pueden olerte, puedo sentir tu presencia. Te encuentras a la deriva sobre un mar de cadáveres. ¿Qué vas a hacer, fantasma?

- ¡Matarte! – gritó Nova con furia desde algún lugar.

-

A Raynor le llevó un buen rato encontrar el altar del sol, pero finalmente lo halló, parcialmente cubierto por unos matorrales. Ansioso por encontrar la llave, comenzó a apartarlos de inmediato, sin percatarse siquiera de la figura que se ocultaba tras la tupida masa de árboles. Cuando decidió moverse, no obstante, el ruido le delató de inmediato. Se trataba de un sonido que al soldado le resultaba muy familiar.

- Hola, Jimmy – dijo desde las sombras una voz socarrona. – Cuanto tiempo.

- ¿Tychus? – exclamó Raynor, sorprendido.

El marine salió al claro. Llevaba la misma armadura que la última vez, cuando Raynor le había pegado un tiro en la cabeza. Y sin embargo allí estaba, la misma chica dibujada en el hombro izquierdo, el mismo hombre que había estado a punto de matar a Sarah Kerrigan a traición después de haber fingido ser su camarada. Se encontraba frente a él con la misma sonrisa de siempre, el humo de su puro elevándose hacia las copas de los árboles.

- ¿No te alegras de volver a verme? No es que esperase una disculpa, pero si un poco de alivio fingido, al menos. Hice lo que hice porque no tenía elección, ¿recuerdas?

Por un breve instante, menos de un segundo, Raynor bajó la mirada. Después, observó largo y tendido al ex-convicto.

- Sobreviviste – dijo al fin.

- No gracias a ti – respondió él entre risas. – Pero si, lo hice. Un equipo médico me rescato, no me reconocieron. Me curaron y me quitaron la bomba de Mengsk de la cabeza. Para cuando se enteraron de quien era, tu y tus nuevos amigos zerg ya habíais visitado Korhal, así que me dejaron libre. Supongo que podría considerarme un tipo con suerte, ¿no crees?

- ¿Qué haces aquí, Tychus?

- Lo mismo que tu, Jimmy; vine aquí en busca de oportunidades. Fue entonces cuando me encontré con el rey Exánime.

- ¿Arthas? ¿Estás con él en esto?

- Y por qué no iba a estarlo. ¿Has visto lo que puede hacer? Ese tio es la leche. A su lado, no habrá objetivo que se nos resista.

Raynor dio un paso atrás.

- ¿De qué estas hablando? ¡Es un mago oscuro! Su ejército está formado por los cuerpos de los inocentes que mata. Eso es ir demasiado lejos hasta para ti, amigo.

- Yo no tengo ninguna puta mutante esperando a que salve la galaxia para correr a mis brazos, Jim; no tengo ninguna razón para ser un buen chico. Si algo he aprendido después de todos estos años es que no hay ninguna línea invisible que separe el cielo del infierno: solo hay muertos y vivos. Eso es algo que Arthas comprende a la perfección.

- Estás completamente loco, Tychus – replicó Raynor, al tiempo que se endurecían sus facciones.

- Es posible, pero al menos seguiré respirando otro día más, y no creo que tú puedas decir lo mismo. Mis compañeros tienen poder sobre la vida y la muerte.

- ¿Compañeros?

- También hay una mujer. Tiene un sentido de la moda un tanto peculiar, pero está muy buena – respondió Findlay con una sonrisa. – ¿No habrás enviado a esa perra del Dominio sola al otro altar, verdad? Sé que vino contigo. A estas alturas, probablemente la bruja ya habrá acabado con ella.

- Mierda Tychus, no me dejas alternativa.

- Así que quieres bronca, ¿eh Jimmy? ¡Pues que comience el espectáculo!

El ex-convicto escupió el puro, se llevó la mano a la espalda y agarró su nuevo arma, un pesado cañón ametralladora de aspecto letal. A continuación abrió fuego y cargó contra su antiguo compañero.

Raynor se parapetó tras el tronco de un grueso árbol, cobijándose de la lluvia de plomo. Frente a sus ojos, una ráfaga de astillas salía continuamente disparada, y el marine supo de inmediato que, si no hacia algo, el tronco acabaría viniéndose abajo, triturado por los continuos disparos de Tychus. Apretando los dientes, cogió su rifle y salió a enfrentarse por enésima vez a su destino.

-

Atraer a Arthas hacia la estatua no le había resultado muy dificil, pero desde el mismo instante en que habían comenzado a pelear, Illidan supo que no iba a poder derrotarle sin ayuda de la estatua. Durante su estancia en el Trono de Hielo, el rey Exánime se había hecho más poderoso; el cazador de demonios no estaba a su altura. Por suerte para él, para que el plan funcionase solo necesitaba contenerlo el tiempo suficiente, aunque incluso para eso estaba teniendo que esforzarse al máximo.

Arthas hizo un gesto con la mano, y la tierra comenzó a moverse detrás suyo. Unos pocos cadáveres medio descompuestos intentaron desenterrarse, pero Illidan los decapitó con un barrido de una de sus gujas, mientras con la otra bloqueaba un espadazo dirigido hacia su propia cabeza. Después el elfo de la noche saltó hacia atrás, respirando pesadamente. La voz espectral del rey Exánime se elevó por encima de sus jadeos.

- Es inutil; deja de luchar. Si te unes a mí, me aseguraré de que ocupes una posición acorde a tus habilidades dentro de mis huestes.

- Nunca me rendiré, Arthas. Solo uno de los dos puede seguir en pie.

- Te equivocas, demonio. Tú me servirás.

Después, el caballero de la muerte alzó la mano de nuevo y lanzó una descarga de muerte hacia su pecho. Illidan la esquivó con facilidad.

- No me vencerás con magia.

- Ya veremos... – replicó el rey Exánime.

De repente, Illidan sintió un frío atenazador en las pies. Para su horror, descubrió que todo el claro se estaba cubriendo de cristales de hielo, los cuales comenzaron a subir también por sus piernas, amenazando con inmovilizarle. Arthas comenzó a acercarse, lenta pero inexorablemente, alzando la Agonía de Escarcha. Entonces, cuando toda esperanza parecía perdida para él, un solitario rayo de sol se abrió paso entre las nubes grises que cubrían el cielo, iluminando parcialmente el pedestal de la estatua.

No había ningún artefacto mágico; era la luz. Uno de sus compañeros había tenido éxito. Solo quedaba un altar: tenía que aguantar como fuese. En ese preciso momento tuvo una idea. Con fuerzas renovadas, alzó sus cuchillas y golpeó el hielo que le aprisionaba, partiéndolo en mil pedazos. Después, bloqueó la hoja de su contrincante, y comenzó a lanzar un tajo detrás de otro freneticamente. Illidan sabía que no podía mantener ese ritmo durante mucho tiempo, pero por suerte no lo necesitaba: paso a paso, obligó a Arthas a retroceder hacia la estatua.

El cazador de demonios siguió atacando a toda velocidad, sus gujas convertidas en meros borrones, forzando al rey Exánime a seguir su ritmo. El repiqueteo del acero contra el acero se asemejaba a una lluvia intensa, cantarina y tintineante. Las runas de la Agonía de Escarcha se tiñeron de un azul cegador, brillando con furia. La frente del cazador de demonios estaba perlada de sudor.

- Un esfuerzo encomiable, mortal, pero futil al fin y al cabo. No puedes vencerme.

De repente, Illidan detectó un ligero movimiento en las nubes y saltó hacia atrás.

- Ya te he vencido.

El rayo de luna descendió, mezclándose con la luz del sol. Entonces el escudo mágico que protegía la estatua estalló, lanzando a Arthas con fuerza hacia los árboles. Illidan no perdió ni un instante: se acercó y bebió la sangre del dragón.

El rey Exánime se levantó justo a tiempo para ver como el elfo de la noche cambiaba. Su cuerpo creció hasta igualar la altura de la estatua. Su piel se volvió verde y se cubrió de escamas, imitando a la criatura de piedra. El encantamiento también afectó a sus armas, que se convirtieron en un hacha y un escudo. Ya no era un cazador de demonios: era el Caballero Dragón.

Illidan alzó su hacha, que era casi tan grande como el propio Arthas, y la descargó contra él con todas sus fuerzas. Varios metros más abajo, el caballero de la muerte paró el golpe con su espada. Por primera vez, sus brazos temblaron ligeramente.

mapa

- Yo soy el rey Exánime. La historia de la Plaga no terminará aquí – masculló.

- Muere. De una. ¡VEZ! – rugió Illidan, con una voz que no era la suya. Exultante de poder, extrajo de sí todas sus fuerzas, las del cazador de demonios y las del demonio mismo, y su cuerpo se cubrió con un brillo oscuro. Sus alas se extendieron como un manto, mas negras que la noche más oscura, amenazando con tragarse todo el bosque. Después, volvió a golpear, y esta vez Arthas se hundió en el hielo por completo.

-

Illidan abrió los ojos, con el corazon latiéndole a toda velocidad. Los pasos de un orco vil resonaban por todo el pasillo. Cuando llegó frente a él se cuadró y comenzó a hablar precipitadamente.

- Señor, hemos descubierto algo muy extraño en una de las estancias inferiores. Se trata de un portal, pero no sabemos a dónde conduce.

El cazador de demonios sonrió, complacido.

- Mostrádmelo ahora mismo, soldado. No puedo esperar a cruzarlo.

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Rotación de Héroes semana 14-03-2017

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